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Rabietas en niños de 2 a 3 años: cómo acompañarlas con calma

Aprende cómo acompañar las rabietas en niños de 2 a 3 años con estrategias respetuosas para ayudarles a gestionar sus emociones.
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Hay momentos que cualquier madre o padre reconoce al instante.

Estáis en el supermercado y le dices que hoy no vais a comprar ese juguete. O llega la hora de iros del parque cuando todavía quiere seguir jugando. De repente, empieza a llorar, gritar, se tira al suelo o incluso intenta golpearte.

Mientras intentas mantener la calma, notas cómo algunas personas os miran. Y entonces aparece la duda:

«¿Lo estaré haciendo bien?»

Si convives con un peque de esta edad, probablemente hayas vivido una situación parecida más de una vez.

La buena noticia es que, aunque puedan resultar agotadoras, las rabietas en niños de 2 a 3 años forman parte del desarrollo normal. En la mayoría de los casos, no significan que tu hijo sea «caprichoso», que esté mal educado o que quiera manipularte.

Simplemente está aprendiendo a gestionar emociones muy intensas con un cerebro que todavía no dispone de las herramientas necesarias para hacerlo.

Comprender qué hay detrás de una rabieta no hará que desaparezcan de un día para otro, pero sí puede ayudarte a vivirlas con menos culpa, menos frustración y mucha más tranquilidad.

¿Por qué aparecen las rabietas en niños de 2 a 3 años?

Entre los dos y los tres años sucede algo fascinante.

Los niños empiezan a descubrir que pueden tomar decisiones, expresar preferencias y hacer muchas cosas por sí mismos. Aparece el famoso:

—«¡Yo solo!»

Quieren elegir la ropa, subir las escaleras sin ayuda, decidir qué cuento leer o intentar hacerlo todo por su cuenta.

El problema es que el mundo no siempre funciona como ellos esperan.

A veces hay que marcharse del parque cuando todavía quieren jugar.

Otras veces no pueden comer un helado antes de cenar.

Y, en muchas ocasiones, todavía no encuentran las palabras para explicar lo que sienten.

Todo eso genera una enorme frustración.

Además, la parte del cerebro encargada del autocontrol, la planificación y la regulación emocional todavía está en pleno desarrollo. Es decir, sienten las emociones con muchísima intensidad, pero aún no saben cómo gestionarlas.

Por eso, cuando aparece una rabieta, no suele tratarse de una decisión consciente para desafiar a los adultos.

Lo que ocurre es mucho más sencillo: la emoción les desborda.

Con el paso de los meses, el lenguaje mejora, aprenden a esperar, desarrollan más recursos para expresar lo que necesitan y esas explosiones emocionales van siendo cada vez menos frecuentes.

Qué suele desencadenar una rabieta

Cada niño es diferente, pero hay situaciones que hacen mucho más probable que aparezca una rabieta.

Las más habituales son:

  • Tener hambre o sed.
  • Haber dormido poco o estar muy cansado.
  • Encontrarse mal o estar incubando alguna enfermedad.
  • Haber pasado demasiado tiempo rodeado de estímulos.
  • Cambios inesperados en la rutina.
  • Tener que dejar una actividad que les gusta.
  • No conseguir aquello que desean.
  • No encontrar las palabras para expresar cómo se sienten.

Muchas veces pensamos que la rabieta ha empezado porque le hemos dicho que no a un caramelo.

Pero ese «no» suele ser solo la última gota.

Quizá ese niño ya estaba cansado porque ha dormido mal. O llevaba toda la mañana haciendo recados. O tenía hambre desde hacía rato.

Cuando se juntan varios factores, gestionar una pequeña frustración resulta muchísimo más difícil.

Por eso, entender el contexto ayuda a mirar la situación con otros ojos.

Qué ocurre en su cerebro durante una rabieta

Cuando un niño pequeño tiene una rabieta, muchas familias sienten que deja de escuchar por completo.

Y, en cierto modo, es exactamente lo que ocurre.

Durante esos minutos, las zonas del cerebro relacionadas con las emociones toman el control, mientras que la corteza prefrontal —la parte encargada de razonar, controlar los impulsos y tomar decisiones— todavía no tiene la madurez suficiente para intervenir de forma eficaz.

Por eso, intentar dar explicaciones largas en mitad de una rabieta rara vez funciona.

No es que el niño no quiera escuchar.

Es que, en ese momento, no puede procesar toda esa información.

Los especialistas hablan de un estado de desregulación emocional. El cerebro está tan activado que primero necesita recuperar la calma antes de poder volver a aprender, escuchar o reflexionar.

Entender esto cambia mucho la manera de afrontar las rabietas en niños de 2 a 3 años.

En lugar de preguntarnos:

«¿Cómo consigo que deje de llorar?»

podemos empezar a preguntarnos:

«¿Qué necesita ahora mismo para volver a sentirse seguro?»

Ese pequeño cambio de perspectiva suele marcar una gran diferencia.

Cómo acompañar las rabietas en niños de 2 a 3 años con calma

Ningún padre o madre mantiene la calma siempre.

Habrá días en los que tengas paciencia de sobra y otros en los que una rabieta más sea la gota que colme el vaso.

Y eso también es normal.

Acompañar una rabieta no significa hacerlo perfecto, sino intentar ofrecer al niño aquello que todavía no puede hacer por sí mismo: regular una emoción que le está desbordando.

Los estudios sobre desarrollo infantil coinciden en que, durante estos primeros años, el adulto actúa como un regulador externo. Es decir, presta su calma hasta que el niño, poco a poco, aprende a encontrar la suya propia.

Esa capacidad no aparece de un día para otro.

Se construye, precisamente, a través de muchas situaciones cotidianas como estas.

Mantén la calma (aunque no siempre sea fácil)

Es probablemente el consejo que más se repite… y también el más difícil de poner en práctica.

Después de un día de trabajo, con prisas o cuando la rabieta ocurre en mitad de un lugar público, mantener la calma puede parecer imposible.

Pero recuerda una cosa: el niño toma prestada nuestra regulación emocional.

Si nosotros levantamos la voz, discutimos o respondemos con enfado, su cerebro interpreta que la situación todavía es más amenazante y la intensidad emocional suele aumentar.

Eso no significa que tengas que ser un adulto perfecto.

Habrá días en los que también perderás la paciencia.

Y no pasa nada.

Lo importante no es no equivocarse nunca, sino intentar volver a la calma y reparar después si ha sido necesario.

A veces basta con respirar profundamente antes de responder o recordar que, aunque la situación resulte desesperante, tu hijo no lo está haciendo contra ti.

Está teniendo un momento difícil.

Pon nombre a lo que está sintiendo

Cuando un niño pequeño está desbordado, muchas veces ni siquiera sabe qué emoción está experimentando.

Por eso ayuda tanto escuchar frases como:

  • «Veo que estás muy enfadado.»
  • «Sé que querías seguir jugando.»
  • «Entiendo que estés triste porque nos tenemos que ir.»

No hace falta un gran discurso.

Basta con demostrarle que alguien comprende lo que está viviendo.

Poner nombre a las emociones no hace desaparecer la rabieta de inmediato, pero sí ayuda al niño a ir construyendo poco a poco su vocabulario emocional.

Y eso será una herramienta muy valiosa durante toda su vida.

Comprender no significa ceder

Una de las dudas más habituales es esta:

«Si valido lo que siente, ¿no pensará que le estoy dando la razón?»

La respuesta es no.

Podemos comprender perfectamente una emoción sin cambiar el límite.

Por ejemplo:

«Entiendo que quieras seguir jugando, lo estabas pasando muy bien. Pero ahora tenemos que irnos a casa.»

O:

«Sé que te gustaría otro cuento. A mí también me gusta leer contigo. Pero hoy ya hemos leído uno y ahora toca dormir.»

El mensaje es muy claro.

Tus emociones son importantes.

Y el límite también.

Cuando ambas cosas conviven, el niño aprende que sentirse frustrado forma parte de la vida y que puede atravesar esa emoción sin que todo cambie para evitarla.

Prioriza siempre la seguridad

Algunas rabietas en niños de 2 a 3 años son muy intensas.

Hay pequeños que se tiran al suelo, golpean, lanzan objetos o incluso intentan hacerse daño.

En esas situaciones lo primero siempre es proteger.

Puedes retirar aquello con lo que pueda hacerse daño, sujetarlo con suavidad si existe riesgo de que se golpee o llevarlo a un lugar tranquilo donde pueda calmarse.

No se trata de castigar.

Se trata de ofrecer un espacio seguro mientras la tormenta emocional pasa.

Qué conviene evitar durante una rabieta

Tan importante como saber qué hacer es conocer qué suele empeorar la situación.

Muchas veces reaccionamos con la mejor intención del mundo, pero el cansancio o los nervios nos llevan a respuestas que no ayudan demasiado.

Gritar o responder con enfado

Cuando un adulto pierde el control, el niño no aprende a regularse.

Simplemente encuentra otra emoción intensa delante de la suya.

Intentar razonar en pleno llanto

Es habitual explicar una y otra vez por qué no puede hacer algo.

Sin embargo, durante una rabieta el cerebro del niño no está preparado para procesar largos razonamientos.

Las explicaciones llegarán mucho mejor cuando haya recuperado la calma.

Ridiculizar o avergonzar

Frases como:

  • «Qué vergüenza.»
  • «Mira cómo te está mirando todo el mundo.»
  • «Pareces un bebé.»

pueden hacer mucho daño y no ayudan a que aprenda a gestionar sus emociones.

Ceder siempre para que deje de llorar

A veces estamos agotados y pensamos:

«Le compro el juguete y acabamos antes.»

Es completamente comprensible.

Pero si esto ocurre de forma habitual, el niño aprende que insistir hasta el final puede cambiar el límite.

Eso no significa que nunca podamos cambiar de opinión.

Significa que la decisión no debería depender únicamente de la rabieta.

Muchas rabietas también se pueden prevenir

No existe una manera de evitar todas las rabietas en niños de 2 a 3 años.

Forman parte del desarrollo y seguirán apareciendo de vez en cuando.

Pero sí podemos reducir muchas de ellas prestando atención a pequeños detalles del día a día.

Anticipa los cambios

Pasar del parque a casa o apagar la televisión de golpe suele generar mucha frustración.

En cambio, avisar unos minutos antes facilita muchísimo la transición.

Por ejemplo:

«Dentro de cinco minutos nos iremos a casa.»

O:

«Te quedan dos veces para tirarte por el tobogán y nos vamos.»

Aunque al principio proteste, poco a poco aprenderá a prepararse para ese cambio.

Cuida las necesidades básicas

Parece algo muy sencillo, pero marca una enorme diferencia.

Un niño que ha dormido bien, ha comido a su hora y no lleva demasiadas horas acumulando estímulos suele disponer de muchas más herramientas para gestionar la frustración.

A veces la mejor prevención no es una técnica educativa.

Es simplemente una buena siesta.

Ofrécele pequeñas decisiones

A esta edad necesitan sentir que también pueden decidir algunas cosas.

No hace falta dejarles elegir todo.

Basta con ofrecer dos opciones que para ti sean igualmente válidas.

Por ejemplo:

  • «¿Prefieres la camiseta azul o la verde?»
  • «¿Quieres lavarte los dientes antes o después del cuento?»

De esta forma favorecemos su autonomía sin perder los límites.

Fíjate también en lo que hace bien

Con frecuencia prestamos toda nuestra atención cuando aparece un problema.

Pero los momentos tranquilos también merecen ser reconocidos.

En lugar de decir simplemente:

«Muy bien.»

Puedes concretar:

«Has esperado tu turno con mucha paciencia.»

«Me ha gustado cómo has recogido los juguetes.»

Ese tipo de comentarios ayudan al niño a identificar las conductas que queremos reforzar.

Los cuentos también pueden ayudar a acompañar las emociones

Los primeros años de vida están llenos de grandes cambios. Los niños empiezan a descubrir el mundo, a expresar sus emociones y a desarrollar poco a poco herramientas para comprender lo que sienten.

Los cuentos pueden convertirse en un gran apoyo durante esta etapa. Compartir unos minutos de lectura no solo fortalece el vínculo entre adultos y niños, sino que también crea espacios tranquilos para hablar de emociones, poner nombre a lo que ocurre y acompañar situaciones cotidianas con calma y cercanía.

En Nöpp Ediciones encontrarás una colección de cuentos pensados para niños de 0 a 3 años, con historias que acompañan su desarrollo respetando sus ritmos y favoreciendo momentos de conexión en familia.

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Cuándo conviene consultar con un profesional?

Las rabietas en niños de 2 a 3 años forman parte del desarrollo de la mayoría de los pequeños. De hecho, por muy difíciles que puedan parecer algunas etapas, lo habitual es que vayan disminuyendo a medida que el niño desarrolla el lenguaje, aprende a expresar mejor lo que siente y adquiere nuevas herramientas para gestionar la frustración.

Sin embargo, hay ocasiones en las que merece la pena consultar con el pediatra o con un profesional especializado en desarrollo infantil.

Es recomendable pedir una valoración si:

  • Las rabietas son muy frecuentes e intensas prácticamente cada día.
  • Suelen prolongarse más de 15 o 20 minutos de forma habitual.
  • El niño se hace daño con frecuencia o agrede de manera intensa a otras personas.
  • Tiene muchas dificultades para recuperar la calma incluso con ayuda.
  • Las rabietas continúan con la misma intensidad más allá de los cuatro o cinco años.
  • Van acompañadas de un retraso importante en el lenguaje u otras señales relacionadas con el desarrollo.

Consultar con un profesional no significa que exista un problema grave.

En muchas ocasiones basta con recibir orientación adaptada a la situación concreta de cada familia para entender mejor qué está ocurriendo y cómo acompañar al niño.

Preguntas frecuentes

¿Es normal que un niño tenga varias rabietas al día?

Sí. Entre los dos y los tres años es bastante habitual que aparezcan varias rabietas, especialmente durante periodos de cansancio, cambios de rutina o cuando el niño está aprendiendo nuevas habilidades.

Lo importante no es contar cuántas tiene, sino observar si, poco a poco, va desarrollando recursos para recuperarse con mayor facilidad.

¿Debo ignorar una rabieta?

Depende de la situación.

Si el niño está seguro y simplemente expresa su enfado, mantener la calma y evitar entrar en una discusión suele ser una buena estrategia.

Sin embargo, si necesita ayuda para regularse o existe riesgo de que se haga daño, lo más importante es permanecer cerca y acompañarle con tranquilidad.

Ignorar al niño por completo rara vez le ayuda a aprender a gestionar sus emociones.

¿Es mejor dejarle llorar hasta que se calme?

Cada niño necesita algo diferente.

Algunos prefieren unos minutos de espacio antes de buscar el contacto del adulto. Otros necesitan sentir que alguien permanece cerca desde el primer momento.

Lo importante no es eliminar la emoción cuanto antes, sino transmitirle que está acompañado mientras aprende a atravesarla.

¿Las rabietas significan que mi hijo está mal educado?

No.

Las rabietas en niños de 2 a 3 años forman parte del desarrollo emocional y cerebral.

Tener una rabieta no significa que el niño sea caprichoso, desafiante o que los padres estén haciendo algo mal.

Lo que necesita durante esta etapa es aprender, poco a poco, a reconocer sus emociones y descubrir formas más adecuadas de expresarlas.

¿Cuándo suelen desaparecer las rabietas?

No existe una edad exacta.

En muchos niños empiezan a disminuir alrededor de los cuatro años, cuando el lenguaje, el autocontrol y la capacidad para gestionar la frustración están más desarrollados.

Aun así, cada niño sigue su propio ritmo y comparar unos con otros rara vez resulta útil.

Una etapa difícil… que también pasará

Cuando una rabieta aparece en mitad del supermercado o justo cuando llegas tarde a una cita, es fácil sentir que nada de lo que haces funciona.

Es normal desesperarse, perder la paciencia alguna vez o preguntarse si lo estás haciendo bien.

Pero conviene recordar algo importante: una rabieta no define a tu hijo, ni tampoco define la forma en la que educas.

Las rabietas en niños de 2 a 3 años son una señal de que están creciendo, descubriendo su independencia y aprendiendo, poco a poco, a gestionar emociones que todavía les vienen demasiado grandes.

Cada vez que les ayudas a poner nombre a lo que sienten, mantienes un límite con calma o simplemente permaneces a su lado mientras recuperan el control, les estás enseñando una habilidad que les acompañará toda la vida.

No hace falta hacerlo perfecto.

Hace falta estar presentes, con cariño, paciencia y la tranquilidad de saber que esta etapa también pasará.

Fuentes consultadas

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